Cuando leímos a Albert Camus sentimos un mundo aislado, conocimos las ganas de morir y las ganas de vivir. El libro se paseaba, se arrugaba, incluso fue secuestrado y hoy se encuentra desaparecido. Las ideas de ese libro de bolsillo las tenemos en nuestra mente. Las alegorías de aquella historia se repiten. Recordemos.
“La peste” publicado en 1947.
Cuando leímos a Emily Brönte no supimos si era un fantasma o no, si eso es amor o no. El recorrido de los tiempos nos llevaba a la agonía del amor. Estamos convencidos de que el amor nos debe acompañar.
“Cumbres Borrascosas” publicado en 1847.
Cuando leímos a Borges, una parte al menos, nos dimos cuenta que nos faltaba una vida para conocer el mundo. Nos queda volver a intentarlo. Aprender para comprender. Las palabras logran entenderse. La comprensión de nuestra incomprensión es el primer camino para el entendimiento.
“El aleph” publicado en 1949.
Cuando vimos una obra de teatro de Italo Calvino aprendimos que las hipótesis de la ciencia nos pueden hacer reír y que un nombre impronunciable como qfwfq tiene mucho que contar. La risa es un camino hacia la reflexión y la educación. La divagación es un duelo sin ganadores.
“Las cósmicomicas” publicado en 1965 y llevada a escena, con algunos cuentos del libro, por la compañía de teatro meridional (radicada en Madrid, España ) en 1999.
¿Qué recuerdas de lo qué lees? ¿Qué recuerdas de lo qué ves? ¿Qué recuerdas de lo que vives? ¿Qué hacemos para cambiar lo que serán nuestros recuerdos?